La administración musulmana

El 26 de febrero de 1998 apareció el fascículo correspondiente al alfil moro de la ya mencionada colección “Ajedrez histórico del Reino de Valencia” editada por LAS PROVINCIAS. Su título era LA ADMINISTRACION MUSULMANA e iba firmado por
Alberto Herranz.

Introducción
Durante los cerca de aproximadamente 525 años que Valencia estuvo regida por musulmanes, a excepción de los breves espacios de tiempo en los que se sucedieron los reyes taifas, fue una parte mas de los dominios del Imperio Islámico de Occidente conocido como Al-Andalus y su sistema de organización administrativa dependía de la administración central radicada en Córdoba.
Dicha administración central no mantuvo un esquema uniforme sino que fue adaptándose en función de las diferentes etapas que sufrió el gobierno del territorio.
Durante los primeros cuarenta y cinco años, 711-756, Al-Andalus, que formaba parte del Islam con capital en Damasco, administrativamente pertenecía a la provincia del Magreb cuyo gobierno estaba en la ciudad de Qayrawan, en la actual Túnez. Aunque inicialmente la capital fue Sevilla, en el año 716 se trasladó a Córdoba, donde quedaron centralizados los servicios del gobierno.
Los múltiples walís que se fueron sucediendo en el poder eran nombrados por el califa de Damasco y sus funciones eran fundamentalmente de tipo militar, además de tener el poder de distribución del botín, incluyendo la reserva de la quinta parte que correspondía al califa.
La llegada del Omeya `Abd al-Rahman I en el 756, supuso la independización de Al-Andalus del califa de Damasco, pasando a ser un Emirato Independiente, y conllevó transformaciones institucionales tanto en la propia administración, en la que el nuevo Emir desarrollo el modelo de los abbassies, como en la propia imagen que el soberano adoptó para legitimar su gobierno.
Por una parte se contentaron con ser llamados emires, y no califas, lo que hubiese implicado la soberanía religiosa sobre toda la comunidad islámica, pero en realidad se comportaron como verdaderos califas. Por otra, durante el Emirato se respetó la ficción de unidad religiosa no suprimiendo la invocación obligatoria a los Califas de Damasco en la oración de la Gran Mezquita de los Viernes y, aunque tampoco acuñaron moneda propia, fue sólo una estategia hasta que se consolidara el nuevo régimen.
En otro orden de cosas, los omeyas nombraban en vida a sus sucesores y la transmisión del poder se efectuó por vía hereditaria y por línea directa masculina, aunque sin tener en cuenta la primogenitura. Esto hizo que muchas veces se produjeran guerras dinásticas como la que siguieron tanto Hisham I como al-Hakam I contra sus tíos Sulayman y `Abd Allah.
Aprovechando el declive abbassi en el siglo X, en el 929, `Abd al-Rahman III, avalado por el hecho de ser el descendiente de los califas Omeyas, se proclamó califa y lo complementó con la adopción del título de príncipe de los creyentes, lo que le convertía en la máxima autoridad religiosa. Ahora, en tanto que imam de su pueblo, su nombre debía mencionarse en todo el Al-Andalus en la plegaria del Viernes y que el mismo presidía. Jefe del ejercito, acuñaba moneda con su propio nombre, determinaba el gasto público, nombraba y cesaba funcionarios y tenía la ultima palabra a la hora de impartir justicia. Se nombraron con títulos sonoros y la toma del poder se celebraba con gran pompa rindiéndole voto de obediencia la nobleza y altos funcionarios y luego el pueblo.
La desmembración del califato en el 1031 y la creación de los diversos reinos taifas supuso la creación de diferentes administraciones propias de cada uno de los principados. Aunque ninguno de los nuevos gobernantes adoptó el título de califa, se adjudicaron el de rey, malik, o emir, nombres honoríficos  mas rimbombantes todavía y copiaron a los omeya en todo. Por lo demás se mantuvo el sistema sucesorio, los atributos de poder y el juramento de fidelidad.
Finalmente, con la llegada de los ortodoxos africanos, Al-Andalus quedó incluida como una provincia más dentro del territorio almorávide primero y almohade después con sede en el norte de Africa. Para gobernarla se instaló un régimen dirigido por un walí, habitualmente un caudillo militar, que hacía las veces de representante del emir. Tanto los almorávides como los almohades siguieron dependiendo del Califa, pero esta era una situación puramente nominal.

La administración central
La administración central la conformaban la casa real y la cancillería. Al frente de ellas estaba el hayib. Este cargo que inicialmente era algo así como el de chambelán o jefe de la casa civil del emir, fue evolucionando con el tiempo hasta convertirse en el siglo X en la figura más importante de la administración musulmana, una especie de primer ministro.
Su poder era enorme ya que, además de la administración central, sus atribuciones  abarcaban la seguridad pública, y presidía el consejo de visires. Ponía en ejecución las decisiones del soberano y compatibilizaba su cargo con diversas funciones militares.
No contento con eso, el hayib Muhammad ibn Abi Amir, Almanzor, durante el califato de Hisham II, se hizo con el poder, hizo mencionar su nombre después del califa en la oración del viernes y utilizó dos formas de tratamiento real. Lo mismo hizo su hijo Abd-al-Malik.
El cargo de visir, wazir, lo ostentaban las personas que desempeñaban altas funciones administrativas o gubernamentales y que actuaban como consejeros del emir o califa. Cada visir dirigía una de las ramas de la administración y, en época de Abd al-Rahman II, se creó una reglamentación sobre el Consejo que formaban y que estaba presidido por el emir o el hachib.
Mientras que durante los reinos taifas el cargo de visir estuvo ocupado por hombres de letras y poetas, en las épocas almorávide y almohade, o bien asumió las funciones que en anteriores etapas había tenido el hayib, o se convirtió en una especie de secretario administrativo.
La cancillería estaba compuesta por un personal jerarquizado que atendía los servicios administrativos y que trabajaban en unas oficinas, diwan, en el interior del palacio del Califa. Estaba estructurada en dos grandes organismos: la Secretaría de Estado, encargada de la recepción y envío de documentación y la Hacienda, que se ocupaba de la economía del territorio
En época califal, `Abd al-Rahman III desdobló la Secretaría de Estado, que hasta entonces estaba al cargo de un solo personaje de alto rango, y le adscribió un organismo de inspección. A su vez las oficinas de la misma estaban al cargo de cuatro visires.
Al cargo de la Hacienda estaba un visir y a sus órdenes trabajaban tesoreros, khazin al-mal, cuyas funciones, aunque no están definidas con exactitud, debían ser las de un agente fiscal, la administración de las recaudaciones recogidas desde las distintas fuentes de ingresos del estado.
En todo el entramado administrativo, un cargo importante era el de secretario, katib, encargados cada uno de ellos de funciones específicas: secretario del califa, secretario de hacienda, etc.
Existía también un sistema de comunicaciones que permitía la transmisión de información y órdenes entre la administración central y las provincias. El jefe de correos, shaib al-barid, gobernaba el servicio y su puesto adquiría gran relevancia dada la posibilidad que tenía de acceder a información privilegiada.
En general, tanto la administración central como los servicios de palacio contaron con un gran número de personal que, sobre todo en el segundo caso, aumentó en la época califal y tuvieron una gran influencia en las crisis políticas.

La administración de las provincias
Existen grandes dificultades en cuanto a poder asegurar con precisión la distribución administrativa de Al-Andalus. Esta división en distintas áreas del territorio que tenían, y tienen, como fin primordial la recogida de impuestos, fue variando según las épocas y con el avance de las conquistas cristianas.
Cabría diferenciar, por tanto y hasta la conquista de Valencia en el 1238, la división político administrativa de los períodos del emirato-califal, de los taifas y la de los almorávides y los almohades. Algunos autores estiman una supradivisión inicial en tres grandes zonas: central, este y oeste. El primero comprendería las ciudades de Córdoba. Granada, Málaga, Almería, Jaén y Toledo. El segundo, Sevilla, Jerez, Gibraltar, Tarifa, Veja, Badajoz, Mérida, Lisboa y Silves y el tercero Zaragoza, Valencia, Murcia, Cartagena y Albarracín. En general se asume una división en provincias, koras, cuya capital era la ciudad de mayor importancia y en la que vivía el gobernador, wali, nombrado para el cargo por el emir o califa, que ostentaba los poderes administrativos y fiscales. Cada kora, según al-Udri geógrafo de la segunda mitad del siglo XI, comprendía un número variable de distritos o partidos, iqlims, y comarcas, yuz, aunque estos dos últimos de dificil definición.
A su vez, unas koras con características especiales fueron los territorios fronterizos o zonas de guerra, tagr, también denominados Marcas, que, aunque administrativamente eran similares a las otras, podían tener regímenes fiscales especiales por el riesgo que conllevaba su situación y los daños que sufrían regularmente. De su gobierno se encargaba un jefe militar, caid, con una cierta autonomía. Con el avance cristiano y sobre todo a partir del siglo XII, las Marcas omeyas perdieron su función y la frontera de Al-Andalus en continuo retroceso, se articuló en base a puntos fronterizos, tugur, con castillos y alquerías fortificadas.
Leví-Provençal estimó que el territorio de Al-Andalus en el siglo X estaba dividido en 21 koras como mínimo, sin contar las zonas fronterizas. Vallvé para la época omeya cita 19 koras y  12 ciudades.
En la etapa de los taifas, los reinos se configuraron aproximadamente según la anterior división omeya pero como unidades con entidad propia. Durante la dominación almorávide, Córdoba ya no era el centro político administrativo de Al-Andalus y el control se ejercía desde las ciudades en las que residían los gobernadores almorávides. Según el geógrafo Al Idrisi estas eran Silves, Granada, Sevilla, Jaén, Córdoba, Málaga, Almería, Murcia y Valencia. El mismo al-Idrisi divide el Al-Andalus almorávide en 26 provincias, reconstruidas por Ubieto en mapa adjunto, aunque a algunas las llama koras y a otras iqlim.
En la etapa almohade, el geógrafo Ibn Said presenta una organización territorial basada en 16 reinos, tamlaka, cada uno de los cuales esta constituido por koras. En esta división y al Este, las ciudades de Elche, Alicante, Orihuela y Villena correspondían al reino de Murcia o Tudmir, la ciudad de Valencia, el castillo de Sagunto o Murviedro, así como algunas alquerías al reino de Valencia y como jurisdicciones con entidad propia las koras de Játiva y Denia.
La ciudad constituida en capital de cada kora, hadrah, era el eje fundamental del sistema administrativo y su gobierno era un reflejo del central en Córdoba. La asimilación entra la capital y el conjunto de la kora tuvo continuidad hasta en épocas cristianas como en el caso de Valencia ciudad y el conjunto del Reino. Otras unidades de poblamiento de las koras fueron el castillo, al-hisn, y la alquería, al-qarya. De estas últimas en el compendio denominado Dikr, se citan mas de 1600, con sus mezquitas en Valencia y 40 en Játiva.
El cargo de wali de provincias pasó de ser en la primera época de duración breve, y así evitar intereses privados que pudieran afectar a su gobierno, a ser nombrado por un período indefinido en la época califal. Esto último ocasionó que en numerosas ocasiones, el walí, sobre todo en momentos de transmisión de poderes en Córdoba, se independizara del poder central y este debía retomar entonces el control por las armas.
En el ámbito local existían unos funcionarios que ejercían las magistraturas más importantes: el shaib al-suq, también llamado al-muhtasib, en castellano almotacén, era el encargado de la vigilancia de los mercados y de la censura de las costumbres y, según Al-Mahuardi, eran necesarias una sólida cultura, puritanismo religioso, perspicacia, honestidad, celo y una moralidad excelente para desempeñarlo.
Las funciones de este señor del zoco eran múltiples. En el aspecto comercial y propio del mercado supervisaba los precios, que los pesos y medidas fueran legales, en cuanto a que debían llevar una marca del muhtasib que así lo indicaba, la calidad de los productos y que estuviesen limpios y en buen estado, verificaba el trabajo de los artesanos, fiscalizaba el cobro de impuestos sobre las transacciones comerciales, y entendía en las reclamaciones que se producían mandando los avisos o aplicando las sanciones pertinentes. Aparte de éstas, P. Chalmeta, le atribuye la recaudación del diezmo y el cobro de las rentas de bienes e inmuebles. También se encargaba del control del estado de conservación de las vías públicas, las letrinas y  el  alcantarillado
Las funciones del shaib al-shurta o jefe de la policía local y el Shaib al-madina, señor de la ciudad, o zalmedina, parece ser que se solaparon en algunas ocasiones, o que, según Ibn Jaldun, fueron el mismo puesto en la mayoría de las ciudades. Su misión, similar a la de un prefecto de policía, era asegurar el orden público. Poseía una autoridad ilimitada y, después de investigar los crímenes tanto contra el individuo como contra la moralidad pública, se encargaba de aplicar las penas correspondientes. También era misión suya la seguridad por la noche y se responsabilizaba del funcionamiento de las rondas nocturnas. Contaba con ayudantes y guardias en las puertas de la ciudad para controlar el flujo de personas que de ella entraban y salían y arrestar e interrogar a las sospechosas de cualquier delito.

La función judicial
El juez, cadí, debía de ser un hombre de grandes conocimientos y una los cronistas musulmanes alaban su moralidad e integridad. Su trabajo consistía en la aplicación de la justicia y esto no era sólo una función dentro de la ley civil sino que significaba cumplir una misión religiosa dado que las leyes que debía aplicar habían sido reveladas y estaban en el Corán. Su nombramiento correspondía al emir o califa, era vitalicio y una vez designado era obligatorio aceptarlo, aunque el interesado se resistiera. Por lo general pertenecían a la escuela de leyes maliki, y su autoridad no tenía límites, por lo que eran muy influyentes y respetados,
El cadí impartía justicia en la mezquita, bien en la sala de oraciones o en una dependencia de la mezquita mayor dos veces por semana, menos cuando llovía, los días de fiesta religiosa y el mes del ayuno, ramadán.
Las audiencias eran públicas y el cadí estaba asistido por un consejo, machlis al shura, formado por varios asesores jurídicos versados en la Ley, que le aconsejaban para que los fallos fuesen más justos, y un secretario escribano. En asuntos de poca relevancia el cadí contaba con la ayuda de un juez auxiliar.
Eran competencia del cadí las sentencias relativas a cuestiones matrimoniales y divorcios, particiones de bienes, testamentos y herencias, pleitos sobre bienes mobiliarios e inmobiliarios, y desde el carácter religioso de su función protegía los intereses de más débiles. Era también el intendente de la tesorería de los musulmanes, dinero que servía para financiar los gastos de las fundaciones religiosas y otras obras de utilidad social.
Finalmente dirigía las plegarias de los viernes en la mezquita y anunciaba la aparición de la luna que indica el principio del mes del ayuno o ramadán.

BIBLIOGRAFIA BASICA

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Sánchez Albórnoz. C.: España, un enigma histórico. 2 vols. Madrid, 1961.

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Acerca de enriquepallas

Me he dedicado siempre a la comunicación y con este blog quiero dar salida a todos aquellos materiales que cuando realizas un trabajo de documentación quedan fuera por diversas razones.
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3 respuestas a La administración musulmana

  1. Javier Martínez dijo:

    Es un gran trabajo, ¿hay alguna forma de obtener uno?

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